La primera conversión
Los principiantes tienen un conocimiento rudimentario de sí mismos; poco a poco van descubriendo los defectos que aún quedan en su alma, las consecuencias de los pecados ya perdonados y de otras nuevas faltas más o menos deliberadas y voluntarias. Todavía no se conocen sino de una manera superficial.
La edad espiritual de los principiantes
Aun no acaban de descubrir el tesoro que el bautismo ha puesto en sus almas, e ignoran todo el amor propio y el egoísmo, a veces inconsciente, que en ellos subsiste y que se revela con frecuencia, cuando tienen una contrariedad o sufren algún reproche.
El principiante se va elevando poco a poco a cierto conocimiento de Dios que todavía depende mucho de las cosas sensibles. Conoce a Dios en el espejo de las cosas de la naturaleza o en el de las parábolas, por ejemplo, en la del hijo pródigo, la de la oveja perdida o la del buen Pastor. Es todavía el movimiento recto de la elevación hacia Dios, partiendo de un hecho sensible muy sencillo.
Aman al Señor con un santo temor del pecado que les hace huir del mortal, y aun del venial deliberado, por la mortificación de los sentidos y de las pasiones desordenadas, o de la concupiscencia de la carne, de los ojos y de la soberbia. En esto se echa de ver que existe, en ellos el comienzo de un profundo amor de la voluntad.
El principiante generoso ama ya a Dios con todo su corazón, pero no todavía «con toda su alma, con todas sus fuerzas», ni «con todo su espíritu».
Si por el contrario, el principiante responde con generosidad; si, sin pretender adelantarse a la gracia, ni practicar fuera de la obediencia ciertas mortificaciones excesivas inspiradas por un secreto orgullo, se propone con toda seriedad avanzar en la perfección, entonces no es raro que reciba, como recompensa, abundantes consuelos sensibles en la oración o en el estudio de las cosas divinas. Así logra el Señor la conquista de la sensibilidad, ya que aquel vive todavía sobre todo por ella. La gracia llamada sensible, por manifestarse principalmente en la sensibilidad, aleja a ésta de los pasos peligrosos y la atrae hacia Nuestro Señor y hacia su Santa Madre. En estos momentos, el principiante generoso ama ya a Dios con todo su corazón, pero no todavía «con toda su alma, con todas sus fuerzas», ni «con todo su espíritu». Los autores de espiritualidad hablan con frecuencia de esta leche de la consolación con que en estas circunstancias son regaladas esas almas generosas.
¿Qué es lo que sucede entonces ordinariamente? Casi todos los principiantes, al recibir esos consuelos sensibles, se complacen demasiadamente en ellos, como si fueran, no un medio, sino el fin.
Esta purificación se caracteriza por una prolongada aridez sensible, en la cual el principiante queda despojado de los consuelos sensibles en que se complacía harto. Si en esta aridez llega a sentirse vivo deseo de Dios, de que reine en nosotros, y temor de ofenderle, señal es de que estamos ante una purificación divina. Y todavía más si a estas vivas ansias de Dios se añade dificultad, en la oración, de hacer múltiples y razonadas consideraciones, e inclinación a mirar simplemente al Señor con amor.
Si el alma soporta bien esta purgación, su sensibilidad –se somete más y más al espíritu. Y no es raro que tenga entonces que rechazar generosamente muchas tentaciones contra la castidad y la paciencia, virtudes que tienen su asiento en la sensibilidad y que en esta lucha salen no poco fortalecidas.
Las almas retardadas
Importa subrayar que ciertas almas, como consecuencia de su negligencia o pereza espiritual, nunca salen de la edad de los principiantes para continuar en la de los proficientes; son esas tales, almas retardadas, algo así como esos niños, más o menos anormales, que no atraviesan con felicidad la crisis de la adolescencia, y que
aunque no continúan siendo niños, no llegan nunca al completo desarrollo de la edad adulta. De la misma manera, esas almas retardadas quedan sin poder ser catalogadas ni entre los principiantes ni con los adelantados. Y son, por desgracia, demasiado numerosas.
¿Por qué camino llegaron estas almas a tal estado de tibieza? Ordinariamente son dos las causas principales: la negligencia en las cosas pequeñas en el servicio de Dios, y el retroceder ante los sacrificios que nos pide.
La negligencia en las cosas pequeñas, cuando se trata de servir a Dios, conduce rápidamente a la negligencia en las grandes; por ejemplo, a un alma sacerdotal o religiosa la lleva a rezar el Oficio sin piedad, a no prepararse apenas a la Santa Misa, a decirla precipitadamente y a asistir a ella sin la atención que fuera de desear; a reemplazar la acción de gracias por el rezo obligatorio de una parte del Oficio, de suerte que poco a poco desaparece la devoción personal, quedando sólo esa otra en cierto modo oficial y exterior.
Sostienen los santos que las almas retardadas y tibias están camino de la ceguera espiritual y endurecimiento del corazón, tanto que es muy difícil su enmienda.
La segunda causa de la tibieza en las almas retardadas es negarse a aceptar los sacrificios que pide el Señor. Muchos se sienten llamados a vida más seria y más perfecta, a la verdadera oración, a la práctica de la humildad, sin la cual no son posibles las virtudes; mas rehúsan seguir ese llamamiento, si no directa, indirectamente al menos, viendo de entretenerse en otras cosas.
Sostienen los santos que las almas retardadas y tibias están camino de la ceguera espiritual y endurecimiento del corazón, tanto que es muy difícil su enmienda. Cítanse las palabras de San Bernardo: «Más fácil te será ver a muchos seculares renunciar al vicio, que a un solo religioso pasar de la vida tibia a una vida de fervor» (Epist. ad Richard.) Cuanto más alta estuvo el alma retardada, tanto más deplorable es su caída y su conversión más difícil, pues se convence de que su estado es suficientemente perfecto, y deja de sentir deseo de mejorar.
Estas reflexiones sobre las almas retardadas nos llevan como por la mano a tratar de la necesidad de la segunda conversión o purgación pasiva de los sentidos, que señala, según San Juan de la Cruz, la entrada en la vía iluminativa de los proficientes o adelantados.
P. Reginaldo Garrigou Lagrange