Debemos enseñar la virtud con libros

Muchos padres, sacerdotes, consejeros e incluso maestros de escuela están tratando de enseñar la virtud a los jóvenes, simplemente por medio de listas y definiciones. Y seguramente las definiciones son útiles… eventualmente. Pero el principal medio por el cual los niños crecen en virtud son sus modelos y héroes, vistos como personajes completos.
Por Joseph Woodard
Tomado de TheImaginativeConservative
Traducido y adaptado por StudiumSapientiae.org
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Cuando yo tenía veinticinco años, tuve una experiencia vergonzosa que delataba una superficialidad de carácter. Había leído Orgullo y prejuicio de Jane Austen unos años antes, ya que estaba en la lista de libros que toda persona culta debía leer. Sin embargo, siendo hombre, lo leí enteramente a causa del interés de su trama (un poco aburrida: ¿Por qué la gente pensaba que era genial?). Luego, algunos años más tarde, estaba tomando un café con un viejo amigo escocés, que se reía del «hilarante Sr. Bennet» de Austen. No podía ocultar el hecho incómodo de que no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Me tomó mucho tiempo después darme cuenta de que estaba leyendo «pragmáticamente», en busca de información, en lugar de «contemplativamente», en busca de personajes. Sin embargo, son los personajes de nuestras historias los que primero dan forma a nuestra imaginación moral.
Muchos padres, ministros de culto, monitores de campamento e incluso maestros de escuela están tratando de enseñar la virtud a los jóvenes simplemente por medio de listas y definiciones, es decir, información. Y seguramente las definiciones son útiles… eventualmente. Ayudan a nuestros hijos (y a nosotros) a ver cómo diferentes hábitos saludables encajan en un ser humano completo: como el coraje en nuestros miedos, la moderación en nuestros deseos, la justicia hacia los demás, etc. Pero el principal medio por el cual los niños crecen en virtud son sus modelos y héroes, vistos como personajes completos.
Los niños se lanzan al mundo desamparados y necesitados, por lo que al principio, «todo se trata de ellos». Necesitan tiempo —¿siete años?— para ser receptivos a los llamados a la razón; y luego veinte años más (si acaso) para desarrollar sus distintos temperamentos y talentos. Esta maduración debe ocupar sus mentes, y su primera pregunta abstracta es una especie de asombro inarticulado: «¿Qué seré cuando sea grande?» Esta pregunta verdaderamente contemplativa surge de la mente racional, que busca algún propósito o modelo alrededor del cual organizar la comprensión de su universo: lo que Platón llamó «el Bien», el axioma fundamental del discurso racional. Su modelo infantil inicialmente vago de la edad adulta se vuelve cada vez más distinto con el tiempo y forma su noción rectora de «vida completamente viva». Esta es la estrella que lo guiará mientras navega entre sus triunfos y tribulaciones.
Ahora bien, el hambre natural por íconos o modelos de excelencia humana no es un cortador de galletas. Como solía decir el querido pediatra y filósofo Herbert W. Ratner, los seres humanos son animales sociales, con razón y libre albedrío, pero mutuamente dependientes y diseñados para cooperar en una compleja división del trabajo. Por lo tanto, la naturaleza tiene interés en que la humanidad desarrolle la mayor diversidad posible de temperamentos, talentos y caracteres: soñadores y hacedores, iniciadores y sustentadores, cautelosos y perseverantes, por el bien de diversas vocaciones, todos trabajando juntos. Y, como aprenden rápidamente los padres primerizos, los niños vienen al mundo con su propio potencial peculiar, que de alguna manera ya está allí. Un gran desafío de la paternidad es discernir la dirección particular de un niño, por diferente que sea de la nuestra.
Muchos Millennials (nacidos entre 1981 y mediados de los 90’) y Gen-Zers (nacidos entre mediados de los 90’ y mediados de los 2010) hoy en día están deformados por el hueco ícono del «individuo único», construyendo su personalidad de celebridad, incluso momento a momento, sin propósito, sin obligaciones, sin significado. Es imposible que así sean felices. Estos jóvenes tenían un apetito natural por una visión de la excelencia humana, y ese apetito fue dejado hambriento por una crianza fallida y una ideología educativa psicótica. En cualquier familia normal, cualquier familia sana que persevera en «estar presente», el modelo que el niño tiene acerca de la edad adulta está marcado por mamá y papá. La imagen de edad adulta que los niños desarrollan, por lo tanto, incluye implícitamente la paternidad (N.d.t.: la procreación y educación de la prole), pero esta suposición permanece sin examinar hasta la edad adulta (y puede permanecer sin examinar incluso entonces) porque es simplemente demasiado aterrador para los niños completamente indefensos. Lamentablemente, en estos días, todavía es demasiado aterrador para demasiados adultos jóvenes.
(Entre paréntesis, ahora estamos viendo parejas jóvenes, privadas de modelos adultos en su infancia, construyendo valientemente nuevas familias desde cero, «según el libro», compensando deliberadamente su propia privación parental con manuales y mentores. Esta es una verdadera esperanza para un futuro heróico, prueba de la durabilidad de la naturaleza humana y una confirmación de la «teleología» clásica. También es una oportunidad, para aquellos de nosotros bendecidos con familias, para ayudar en la educación de recuperación, incluida la recuperación de libros infantiles clásicos. Así como las víctimas de accidentes cerebrovasculares de edad avanzada pueden recuperar sus habilidades motoras con el gateo infantil y los crayones, los padres jóvenes están recuperando su propia crianza al ser padres con Beatrix Potter, Kate Greenaway y Rudyard Kipling) (N.d.t.: Estos nombres corresponden a conocidos autores de obras infantiles y juveniles en habla inglesa).
Lo que nos lleva (¡por fin!) al uso de los libros para enseñar la virtud. Para muchos niños, los primeros personajes que encuentran como personajes son el flemático Oso Pooh de Alan A. Milne, el melancólico Eeyore (N.d.t.: Igor, en castellano; es el viejo burro de peluche), el optimista Tigger (N.d.t.: el tigre de peluche) y el pedante Owl (Búho). Ven estos personajes reproducidos en sus familiares y amigos. Estos caracteres completos se entretejen en el «tejido de la mente» por medio de imágenes concretas. Sin embargo, incluso el ficticio Pooh y el vigilante Christopher Robin (N.d.t.: el niño, personaje principal de la serie Winnie the Pooh) son «personas completas» y, por lo tanto, siempre con un envoltorio de misterio. Incluso un esfuerzo mínimo para sacar a la luz los misterios de sus personajes puede hacer que los niños superen la trama simple. Entonces, cuando Pooh está atrapado en la puerta de su árbol, «¿Está realmente asustado el Oso Pooh?» ¿Pooh está siendo valiente? ¿O ama a su miel más de lo que le preocupa quedarse atrapado?
En mi obra favorita, Wind in the Willows (El viento en los sauces, 1908) de Kenneth Grahame, los personajes son más completos y menos icónicos, por lo que los contrastes que brindan son casi tan evocadores como nuestros amigos de la vida real. «¿Cómo son Ratty y Mole tan diferentes, pero amigos?» ¿Disfruta Ratty mostrarle a Mole nuevas experiencias, como «jugar en botes»? Ratty siempre se metía en los barcos, así que no es nada nuevo para él. ¿Compartir la navegación con su nuevo amigo lo hace feliz? ¿Compartir barcos es como compartir galletas? Y tal vez una advertencia: ¿Deberíamos dejar siempre que los amigos nos muestren cosas nuevas?
El punto no es convertir Wind in the Willows en un seminario socrático. Simplemente necesitamos un cambio de énfasis, preguntándonos acerca de los personajes en lugar de capturar los argumentos. Al hacerlo, se revela el misterio de la humanidad, que es igual pero diferente. Así, el tímido Topo ha estado disfrutando de una nueva vida aventurera con el bullicioso Ratty, viviendo todo el verano en la madriguera del río de Ratty. Luego, en una noche nevada regresando de una aventura en el Bosque Salvaje, Topo de repente huele su propia madriguera amada pero abandonada desde hace tiempo. O mejor dicho, el olor del hogar lo atrapa violentamente. En este punto, ninguna narración de esta historia podría hacerle justicia, por lo que simplemente diremos que los grandes temas del amor por el hogar y la tensión entre el hogar y la amistad se presentan de manera más hermosa ante nosotros. Las personas (incluso las personas que excavan madrigueras) son todas iguales pero diferentes. Ningún personaje podría ser más diferente que el aventurero Odiseo de Homero y el retirado Topo de Grahame, sin embargo, uno se compadecerían del amor del otro por el hogar.
Necesitamos listas y definiciones de virtudes, especialmente mientras los niños son lo suficientemente jóvenes como para memorizarlas. Aristóteles define la «virtud» como un «hábito de elegir el camino intermedio entre el exceso y la deficiencia, en acuerdo con la razón, como lo haría una persona prudente». Y aunque pocos se vuelven valientes recitando una definición, como «la valentía es el término medio entre los extremos de la temeridad y la cobardía», solo podemos pensar en las cosas que tienen un nombre en nuestra mente. Los niños imitan lo que ven, así que primero entendemos la palabra «valentía» al asociarla con Tejón; «temeridad», con Sapo; y «cobardía», con las comadrejas. Así que necesitamos la ayuda de las definiciones para ver, no solo personajes para imitar, sino los extremos particulares que necesitamos abordar en nosotros mismos.
Todos necesitamos los «hábitos intermedios» de coraje, moderación y justicia porque todos vivimos con miedos, deseos y amigos. Todos debemos andar a tientas en la elección de los medios adecuados para nuestros propios fines, por lo que necesitamos el hábito desarrollado de la prudencia; y todos debemos tener la debida reverencia hacia lo Divino y, por lo tanto, el hábito de la piedad. Por lo tanto, cuando se les desafía en cualquiera de sus hábitos a medias (persistencia, atención, simpatía, lealtad), será ese impulso interno de «ser como» lo que permitirá a nuestros hijos «rechazar» sus propios impulsos aleatorios, desarrollando la «integridad» o unidad de carácter esencial para una vida significativa.
Los niños son realmente diversos y necesitan sentirse como en casa consigo mismos, no como celebridades únicas o de acuerdo con el mantra de que «todo el mundo es especial», sino encontrando su propia vocación y contribuyendo a desarrollar amistades: sus familias, comunidad y país. Así que los buenos libros para niños y los Grandes Libros brindan un tesoro de personajes icónicos, brindando a toda nuestra civilización un vocabulario concreto (por así decirlo) de resistencia, lealtad y excelencia en toda su diversidad y defectos (incluida la ironía del Sr. Bennet). Este Canon Occidental es una defensa cultural de la libertad personal y de la individualidad por la diversidad casi inagotable de sus modelos. Cada niño puede encontrar héroes con los que se identifica en particular, en todas sus diferentes etapas y circunstancias de la vida.
La educación del carácter puede ir más allá de la literatura, hacia las artes visuales y la música. El caballero que ríe, de Hals, o Alejandro Magno, de Rembrandt, así como El sueño de una noche de verano, de Mendelsohn, o La pasión según san Mateo, de Bach, pueden despertar en los niños el verdadero afecto y asombro por la inagotable humanidad misma. Del mismo modo, los estilos arquitectónicos pueden avivar el asombro en la forma en que se puede expresar el carácter en mármol, granito y roble. Un recurso maravilloso para los padres aquí es la antigua serie de televisión de la BBC de Sir Kenneth Clarke, Civilization.
Una última palabra sobre esta noción de «integridad» o «unidad de carácter». Aristóteles define la «virtud» como un medio habitual entre extremos pasionales, concordando con la razón, «como la elegiría el prudente». El hecho de que Aristóteles pueda referirse a «la persona prudente» de esa manera sugiere (o insiste) que hay algo primario o fundamental en eso. Vemos la persona virtuosa como un «carácter completo» o «persona de integridad», unificada. Los viciosos o maliciosos pueden ser inteligentes, pero mutables por sus mentiras y pasiones, no pueden (por definición) ser un todo unitario. Ser «la persona prudente» significa vivir una vida consistente de lealtades y propósitos constantes y bien ordenados, a través de todas las circunstancias cambiantes y, a veces, perversas de la vida. Esta integridad es lo que Sócrates llamó «la vida examinada», o Ireneo de Lyon (alumno de un alumno de San Juan Evangelista) llamó estar «plenamente vivo».
Ahora, a nivel del suelo, los niños griegos y romanos se enfocarían principalmente en héroes guerreros míticos como Aquiles, Teseo, Rómulo o Eneas, jugando la Guerra de Troya o la Fundación de Roma. Sin embargo, para los filósofos clásicos antiguos, el ser humano era principalmente la Idea, la Especie Hombre, como una estatua de mármol. Así, el desfile de personalidades peculiares en los diálogos socráticos de Platón constituye una especie de taxonomía de patologías, que apuntan más allá del feo Sócrates. Esto está en consonancia con el dictum de Durkheim: aprendemos fisiología estudiando patología; aprendemos cuáles son las partes al verlas descomponerse. Del mismo modo, de esta antropología general surge la creencia de Aristóteles en la prioridad en la tragedia del argumento universal sobre el personaje idiosincrático.
Luego, como explican los historiadores Christopher Dawson y Rene Girard, la revelación judeocristiana «liberó la personalidad humana». La humanidad había sido vista como malas copias de un modelo abstracto, pero luego llegamos a entendernos a nosotros mismos como las creaciones únicas de un Creador amoroso, flores silvestres irrepetibles en un vasto prado, en lugar de rosas de porcelana. Esto abrió una gama ilimitada de posibilidades humanas, celebrando todas las vocaciones honestas como igualmente felices al servicio de Dios y del hombre: no solo reyes guerreros y sacerdotes del templo, sino «carniceros, panaderos y fabricantes de velas». Se necesitaron más de mil años para que esta nueva conciencia impregnara la civilización occidental, siguiendo la anarquía del caído Imperio Romano, pero el matrimonio de la Caballería Cristiana y la Razón Clásica llegó a su pleno florecimiento en el Renacimiento: Petrarca, Boccaccio, Montaigne, Dante.La definición de Aristóteles aún se mantiene: «Virtud es elegir como elegiría la persona prudente», aunque ahora hay tantos modelos diferentes de prudencia, dados diferentes temperamentos, aptitudes y circunstancias. El crecimiento en la virtud aún requiere el cultivo del valor en nuestros temores, la moderación en nuestros placeres, la justicia en nuestros tratos públicos, la simpatía en nuestras relaciones personales y la liberalidad en nuestras finanzas. Y a pesar de la diversidad ilimitada de personajes, todavía «vemos» personas prudentes, una vez que las buscamos: el tío que entiende, el médico que escucha, el agente de bienes raíces que realmente quiere la casa adecuada para ti, el mecánico que solo arregla lo que está roto, en fin, gente íntegra y atenta: «los prudentes», con todas sus diferencias.
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