La verdadera felicidad: Cuando Creso tuvo que dar la razón a Solón

Aristóteles afirmó que la verdadera felicidad proviene de la práctica virtud, no de la posesión de bienes externos (Cfr. Eth. Nic. 1099a 24). Esta idea se ve reflejada en la historia de Creso y Solón, narrada por Heródoto de Halicarnaso en su obra “Historias” (I, 29-33).
En el libro primero de “Historias”, Heródoto cuenta cómo el legislador ateniense Solón visitó a Creso, rey de Lidia y considerado el hombre más rico del mundo. Creso recibió a Solón con fastuosidad y le mostró sus inmensos tesoros, buscando impresionarlo con su opulencia y prosperidad. Sin embargo, cuando le preguntó si alguna vez había visto a algún ser humano que fuera el más dichoso de todos, Solón respondió que sí: el más feliz que había conocido fue el ateniense Telo, quien disfrutó su vida y tuvo una muerte gloriosa combatiendo por su patria.
Creso, enfurecido porque Solón no consideraba su opulencia como símbolo de dicha, le preguntó quién era el segundo hombre más feliz del mundo. Solón enfatizó que ese lugar era para Cleobis y Bitón, atletas de Argos quienes gracias a su fortaleza física poseían títulos deportivos, pero lo valioso de ellos era el ejemplo de amor y respeto brindado a su madre.
Solón explicó que durante nuestra vida ocurren hechos que no quisiéramos ver, imaginar, menos padecer; pero que acontecen a pesar hasta de nuestras previsiones, que toda existencia es un acontecer. Por el momento Creso era muy rico y rey de muchos hombres, pero todavía no se podía considerar feliz porque ignoraba si terminaría bien su vida; que el linaje y la riqueza ocupan un lugar secundario, lo fundamental es la conducta virtuosa porque la felicidad no es estable.
Creso, sin embargo, no escuchó las palabras de Solón y decidió combatir al imperio persa. Tras consultar a los dioses, Creso inició la guerra contra Persia, Lidia fue derrotada y su imperio se desmoronó. Creso perdió riquezas, hijos y súbditos y fue condenado a morir quemado. Frente a la inmensa hoguera, con Ciro II el rey persa presente, Creso gritó “Solón. Solón, Solón”. Sorprendido el monarca aqueménida, quien no entendía porque llamaba al sabio griego y no a Zeus, detuvo la ejecución y le pidió una explicación. Creso le dilucidó que el legislador ateniense tenía razón: nada es permanente ni inalterable, ni el poder ni la riqueza, menos la felicidad.
La historia de Creso y Solón nos invita a reflexionar sobre el valor de las cosas materiales y la verdadera felicidad. La felicidad no se encuentra en la posesión de bienes externos, sino en la sabiduría y la virtud. La riqueza y el poder pueden desaparecer en un instante, pero la conducta virtuosa perdura en el tiempo y nos permite encontrar la verdadera felicidad en nuestra existencia. Porque “la virtud humana no es la del cuerpo, sino la del alma, así la felicidad será una actividad del alma” (Cfr. Eth. Nic. 1102a 15).
Respuestas