La Educación por las Musas: Una defensa del asombro frente a la crisis de las humanidades

En un mundo académico cada vez más volcado hacia la técnica, la rentabilidad y la fría métrica de los resultados, la voz de Dennis Quinn (1927-2004) surge como un eco necesario de una sabiduría casi olvidada. Quinn, junto a John Senior y Frank Nelick, fue el alma del legendario Integrated Humanities Program (IHP) en la Universidad de Kansas, un experimento pedagógico que, en plena década de los 70, se atrevió a proponer algo revolucionario: que antes de diseccionar el mundo, hay que aprender a amarlo.

La conferencia que presentamos a continuación, “La educación por las Musas”, es mucho más que un análisis sobre la crisis de las humanidades. Es una invitación a recuperar el asombro (wonder) como motor del aprendizaje. Quinn nos advierte sobre el peligro de convertir la universidad en una simple oficina de empleo y nos recuerda que el verdadero conocimiento no comienza en la biblioteca, sino mirando las estrellas o cantando una vieja rima infantil.

Traducida por primera vez con un enfoque pensado para el lector hispanohablante, esta pieza es una hoja de ruta para educadores, estudiantes y mentes inquietas que sospechan que la educación debería ser, ante todo, un deleite para el alma.


La Educación por las Musas

por Dennis Quinn
traducido por Jorge Miguel Martínez
Texto original en https://angelicum.net/education-by-the-muses-by-dennis-quinn/

“Al principio adoré a una estrella centelleante” – Shakespeare

El Programa Integrado de Humanidades (IHP) [1] de la Universidad de Kansas es objeto de una rica mitología. El mito más grandioso identifica al Programa como una conspiración internacional. Más pintoresca es la historia que alguna vez circuló y que, al parecer, llegó a creerse: que el programa original fue iniciado por tres profesores perfectamente respetables llamados Nelick, Senior y Quinn. Más tarde, sin embargo, mediante algún plan ingenioso, estos tres fueron reemplazados por tres hombres completamente diferentes —todos unos sinvergüenzas— pero que seguían respondiendo a los mismos nombres.

De hecho, los profesores del Programa solemos tener la extraña sensación de ser víctimas de una identidad equivocada, como Cinna, el poeta en el Julio César de Shakespeare. Este Cinna se dirige al funeral de su amigo César cuando es abordado en la calle por la turba romana. Cuando Cinna se identifica, la multitud cree que es aquel otro Cinna que fue uno de los asesinos de César. Mientras lo atacan, él grita: “¡Soy Cinna el poeta! ¡Soy Cinna el poeta! ¡No soy Cinna el conspirador!”.

Dennis Quinn

No pretendo ocuparme de la mitología del IHP, sino más bien de su misterio, ya que, a pesar de la copiosa publicidad, sigue siendo inescrutable. Durante los siete años de su vida, el IHP ha sido evaluado, estudiado, analizado, observado, examinado, discutido, debatido, criticado, denunciado, desafiado, vilipendiado, satirizado, condenado y maldecido; ha sido descrito, defendido, elogiado, vindicado, compadecido, alabado, celebrado, honrado, propugnado, adulado y bendecido. Y, sin embargo, el IHP es extrañamente desconocido; es secreto como el sol: obvio pero oscuro.

De las muchas razones por las que el IHP sigue siendo misterioso, trataré solo una: a saber, que se enseña en el modo poético. Sin embargo, antes de comenzar mi exposición de este misterio, me desviaré brevemente para hablar sobre el papel del IHP en la crisis actual de las humanidades.

Todo el mundo reconoce que, en la educación superior, las artes liberales en general y las humanidades en particular sufren un grave declive. El vocacionalismo [2] está empujando a cada vez más estudiantes hacia escuelas profesionales o programas de formación donde se puede aprender rápidamente una habilidad comercializable. En esta competencia, las humanidades están destinadas a terminar en un pobre tercer lugar frente a las ciencias sociales y las llamadas “ciencias duras”. Sin duda, las causas de este declive son numerosas y complejas. Deseo proponer una causa que ha sido pasada por alto, una que reside dentro de la propia universidad.

Las humanidades han perdido su encanto porque han desechado aquello que constituye su atractivo distintivo. Me refiero al amor al conocimiento por sí mismo. Para decirlo de forma aún más enfática, las humanidades han vendido su herencia por un plato de metodología [3]. Las humanidades se han profesionalizado y “cientificado” hasta el punto de que el estudiante de grado ordinario, con un amor incipiente por la poesía, la historia, el arte o la filosofía, encuentra su afecto correspondido en forma de notas al pie de página, proyectos de investigación, bibliografías y jerga académica: toda la parafernalia venenosa que “asesina para diseccionar” [4].

Lo que afirmo es que los estudiantes y profesores de humanidades han dejado, en gran medida, de amar las cosas que estudian porque la ciencia es desapasionada, al igual que la actitud “profesional” del investigador moderno. Uno de los momentos más memorables de mi carrera de posgrado ocurrió el día en que un muy distinguido estudioso de Milton lloró en clase mientras citaba a Virgilio de memoria. Era un hombre duro, erizado, severo e ingenioso; nunca antes ni después mostró emoción ante un poema. Yo admiraba a este hombre y todavía lo hago, pero cuando lo vi llorar por Virgilio, me di cuenta de lo lejos que la educación académica puede dejarnos de nuestro motivo original de estudio.

No pretendo aquí atacar a la ciencia, ni a la erudición, ni a la investigación científica básica, pero sí deseo cuestionar la idea de que una universidad sea primordialmente un instituto de investigación. Es la devoción a las artes liberales —el conocimiento por sí mismo— lo que constituye el corazón de la universidad y, de hecho, el motivo mismo de la investigación básica. Es la transmisión de esa devoción a los estudiantes de grado lo que revitalizará la universidad, no el aumento de las subvenciones federales.

Ahora bien, según todos los estándares de medición habituales y obvios, el IHP ha sido una empresa sumamente exitosa. Ha atraído a un número significativo de estudiantes que han demostrado un alto rendimiento cualitativo y que continúan apoyando el Programa. ¿Por qué prospera este programa de humanidades mientras el interés general por las artes liberales decae? Mi respuesta es que el IHP ha presentado las humanidades como humanidades. A este tipo de educación la llamo educación por las Musas, y en esta, la parte principal de mi discurso, intentaré no solo describir sino también practicar lo que enseñamos en el IHP.

En Las Leyes, el interlocutor de Platón dice: “¿Comenzaremos, pues, con el reconocimiento de que la educación se da primero a través de Apolo y las Musas?”. Las Musas son las deidades de la poesía, la música, la danza, la historia y la astronomía. Ellas introducen a los jóvenes a la realidad a través del deleite. Es una educación total que incluye el corazón, la memoria, las pasiones y la imaginación, así como el cuerpo y la inteligencia. La rima infantil y el cuento de hadas presentan por primera vez los fenómenos de la naturaleza al niño. “Twinkle, twinkle, little star” [5] es una introducción Musical (con “M” mayúscula) a la astronomía que incluye algunas observaciones primarias de los fenómenos celestes y despierta la emoción humana apropiada: el asombro.

Hoja de invitación al Programa Integrado de Humanidades de la Universidad de Kansas.

Ahora bien, es precisamente esta emoción la que proporciona la energía motivadora de la educación. La “motivación” se ha convertido en la bête noire [6] de los educadores modernos. ¿Cómo se puede mover a los jóvenes a aprender? ¿Mediante recompensas y promesas de premios? Bajo tales incentivos, los jóvenes cumplirán los trámites de la educación, pero permanecerán inmóviles. ¿Pero cómo entonces? Pues exponiéndolos a las Musas, donde no se ve ningún fenómeno excepto bajo el aspecto del asombro. No me malinterpreten: el asombro no es un sentimentalismo azucarado sino, más bien, una pasión poderosa, una especie de temor, una confrontación llena de pavor ante el misterio de las cosas.

A través de las Musas, el abismo temible de la realidad apela por primera vez a ese otro abismo que es el corazón humano; y el asombro de su respuesta es, como han dicho los filósofos, el comienzo de la filosofía: no simplemente el primer paso, sino el arché [7], el principio, como el “uno” es el principio de la aritmética y el temor de Dios el principio de la Sabiduría. Así, el asombro inicia la educación y la sostiene.

Apolo y las Musas educan a los principiantes, a los aficionados, a los que en la universidad llamamos freshmen [8]. La definición de Ezra Pound, “La poesía es noticia que sigue siendo noticia”, es inadecuada pero cierta en lo que cabe. Las Musas presentan la vida fresca, como si se viera y experimentara por primera vez. En filosofía, Sócrates es el gran principiante, el gran novato que nunca perdió su estatus de aficionado, que insistió en que la filosofía no es más que lo que la palabra significa literalmente: el amor a la sabiduría.

En este punto existe cierto peligro de malentendido. Lo que llamo educación por las Musas puede confundirse con la educación basada en trucos, ese tipo de frivolidad antiintelectual de juegos y diversión al estilo de Sesame Street [9] que ha erosionado constantemente la competencia en lectura, escritura y aritmética. Es inútil intentar que los números sean interesantes poniéndoles caritas lindas; una cierta cantidad de trabajo pesado es inevitable en toda educación. Lo que digo, sin embargo, es que a menos que un niño sea llevado primero al amor por el aprendizaje mismo a través de Apolo y las Musas, nada lo inducirá a emprender el arduo trabajo de dominar las habilidades básicas. Pero volvamos a mi exposición.

La educación por las Musas es precientífica; no se dedica a la medición, ni al análisis, ni a la indagación de las causas. “¡Cómo me asombra lo que eres!” no es una pregunta; termina con un signo de exclamación o, como lo llamó Shakespeare, un “punto de admiración”. Antes de estudiar astronomía científica, uno debe admirar y deleitarse en el esplendor de los cielos; antes de anatomizar a la rana, uno debe entablar amistad con ella en la célebre y divertida canción del sapo que fue a cortejar [10].

Así como existe una tendencia en las costumbres modernas a prescindir de las presentaciones —a tratarse por el nombre de pila de inmediato y empezar a hacer preguntas personales al instante—, así en la educación moderna existe una tendencia a saltarse el “Twinkle, twinkle, little star” para sumergirse de lleno en la astrofísica. Esto conduce a esa búsqueda desapasionada del conocimiento y a esa lejanía de la realidad observable que muchos estudiantes encuentran tan repulsiva en sus profesores. Finalmente, este salto sobre las introducciones poéticas conduce al desprecio por la familiaridad y a la reducción engreída de todas las cosas a la prosa: “Después de todo, ¿no es el amor solo una cuestión de glándulas? ¿Y no son las estrellas solo globos de gas ardiente?”. (D. H. Lawrence dijo una vez, para escándalo de los físicos: “Sea lo que sea el sol, no es una bola de gas llameante”). El verdadero científico, sin embargo, conserva su pavor ante la naturaleza y nunca pierde su sentido del misterio de las cosas: nunca olvida su humanidad y nunca deja de escuchar a las Musas.

La educación por las Musas es participativa. Cantar una canción de amor no es idéntico a estar enamorado, pero es participar de alguna manera en esa experiencia. Cuando un niño ve el centelleo de la estrella, lo conoce directamente; cuando entona la rima, conoce el centelleo indirectamente al participar en él. La poesía, la música e incluso la astronomía a este nivel no deben ser estudiadas, sino realizadas. Más tarde, tal vez, uno pueda aprender las causas físicas de este fenómeno de las estrellas: este tipo de conocimiento no es participativo; es un tipo de conocimiento superior, más intelectual y más abstracto, pero no eclipsa esa experiencia original y participada y, de hecho, ve algo que elude a la ciencia más elevada. Hay algo alegre en un centelleo, y todas las fórmulas de la ciencia no deberían, no necesitan y no pueden superar esta primera experiencia. Aquellos para quienes los cielos son alegres mantendrán el centelleo en sus ojos, una forma de iluminación sumamente importante.

En este punto sería bueno anticipar una cierta exasperación ante tanto énfasis en una rima infantil. ¿No es frívolo este hablar de centelleos? Una respuesta completa tomaría demasiado tiempo, pero puede ayudar recordar que la melodía simple que cantamos con “Twinkle, twinkle, little star” fue una en la que el gran Mozart encontró una inspiración casi infinita.

Además de ser precientífica, la educación musical es también prevocacional, porque el juego intelectual precede al trabajo intelectual, y las artes liberales preceden a las artes prácticas. Aunque la condición humana consiste principalmente en el trabajo, y el trabajo es de la mayor importancia para una vida satisfactoria y útil, la existencia humana no es para el trabajo (como ocurre en la filosofía marxista) sino más bien para la consideración y la contemplación: actividades ociosas y libres. El hombre es una criatura que medita (musing), cuya conversación está en el cielo; trabaja seis días con el rostro hacia la tierra para que el séptimo día pueda volver su semblante hacia el sol, hacia Apolo.

La educación por las Musas hace posible el auténtico entusiasmo (amusement) [11], en contraste con la búsqueda vacía y frenética de distracción y diversión que caracteriza lo que llamamos, con terrible contradicción, la industria del entretenimiento. El trabajo, por muy provechoso, satisfactorio, cualificado o beneficioso que sea, es un medio, no un fin; y una vida de medios resulta ser, de hecho, mezquina. Es el fin lo que exalta el trabajo y le da sentido, y es el reino del sentido lo que Apolo gobierna.

Es un reino tan brillante que deslumbra nuestra vista, pues las Musas son diosas del misterio. Algunos piensan, de hecho, que su nombre comienza con la misma raíz que la palabra misterio y que mudo y mito también comienzan con esa misma raíz. Mu: significa silencio, lo que no se dice o no se puede decir clara y directamente, o tal vez no se puede decir en absoluto. Ante los misterios, el hombre calla para poder oír la voz de las Musas. La canción que cantan, las historias que cuentan no explican; inician o re-presentan su tema; lo vuelven a hacer presente, lo traen de nuevo a la mente pero rodeado ahora de misterio, envuelto en un silencio protegido y sagrado.

Las Musas habitan en lo alto y todas sus artes exaltan. La historia dirige nuestra atención a las grandes hazañas de los hombres, nuestras voces se elevan en el canto, nuestros pies en la danza, nuestros corazones en el deleite. La educación por las Musas es vertical: no es más y más de lo mismo, no es la acumulación o extensión del conocimiento hacia el horizonte.

El modelo mismo de un educador horizontal es Thomas Gradgrind, el prosaico maestro de escuela de Dickens [12], “con una regla y un par de balanzas, y la tabla de multiplicar siempre en su bolsillo, señor, listo para pesar y medir cualquier parcela de la naturaleza humana, y decirle exactamente a cuánto asciende”. El alumno estrella de Gradgrind es Bitzer, el inevitable estudiante de honor, siempre listo para escupir la “respuesta” en pedazos y fragmentos. A la pregunta ¿Qué es un caballo?, Bitzer da la respuesta horizontal perfecta: “Cuadrúpedo. Graminívoro. Cuarenta dientes, a saber: veinticuatro molares, cuatro colmillos y doce incisivos. Muda el pelaje en primavera; en países pantanosos, muda también los cascos. Cascos duros, pero que requieren ser herrados con hierro. Edad conocida por las marcas en la boca. Así”, concluye Dickens, “(y mucho más) Bitzer”. Y lo mismo ocurre con los propios y desdichados hijos de Gradgrind:

Ningún pequeño Gradgrind había aprendido jamás la tonta cancioncilla: ¡Brilla, brilla, estrellita; cómo me asombra lo que eres!

Ningún pequeño Gradgrind había sentido jamás asombro sobre el tema, habiendo diseccionado cada pequeño Gradgrind a los cinco años a la Osa Mayor como un profesor Owen, y conducido el Carro de Carlos [13] como un maquinista de locomotora. Ningún pequeño Gradgrind había asociado jamás una vaca en un campo con esa famosa vaca del cuerno arrugado que corneó al perro que preocupó al gato que mató a la rata que se comió la malta [14], o con esa vaca aún más famosa que se tragó a Pulgarcito; nunca había oído hablar de esas celebridades, y solo había sido un cuadrúpedo con varios estómagos.

La criatura humana es anthropos [15], el animal que mira hacia arriba, que se mantiene erguido, capaz de volver sus ojos hacia los cielos verticales. Hay educadores que nos dicen que lo humano es mirar hacia afuera, hacia abajo o hacia adentro, pero las humanidades, tal como hablan a través de las Musas, dicen, con Robert Frost:

Elige algo como una estrella;

O, con Gerard Manley Hopkins:

¡Mira las estrellas! ¡Mira, mira hacia los cielos! ¡Oh, mira a toda la gente de fuego sentada en el aire!

Allí, arriba, puede encontrarse un caballo muy diferente de aquella pobre criatura desintegrada de Bitzer, pues el alado Pegaso puede ser vislumbrado sobrevolando el Helicón, o posiblemente uno pueda oír a Dios hablando a Job desde el torbellino:

¿Diste tú su fuerza al caballo? ¿Vestiste tú su cuello de trueno? ¿Le harás tú saltar como a una langosta? El resplandor de su nariz es formidable. Escarba la tierra en el valle, se alegra en su fuerza, Sale al encuentro de las armas. Hace burla del miedo, y no se espanta, Ni vuelve el rostro delante de la espada. Contra él suena la aljaba, el hierro de la lanza y la jabalina; Y él con ímpetu y furor devora la tierra, Sin importarle el sonido de la trompeta. Cuando suena la trompeta, dice: ¡Ea! Y desde lejos huele la batalla, El grito de los capitanes y el estruendo. [16]

Quizás la mitología sobre el IHP sea cierta después de todo. Quizás somos conspiradores. Y nuestra conspiración puede extenderse más allá de lo internacional hasta la esfera celestial; estamos conspirando con las estrellas; estamos conspirando con aquellos espíritus que habitan el aire no solo en sus libros sino en las verdades vivas que captaron menos como doctrina y dogma que como un destello de luz. Uno podría estar en mucho peor compañía. ¡Oh, coconspiradores de todos los tiempos!: ¡Odiseo, gran previsor! ¡Sócrates, compañero corruptor de la juventud! ¡César y Eneas, amantes de lo latino! ¡Moisés y San Pablo, heridos por Dios! ¡Roldán, caballero (chevalier)! [17] ¡Chaucer, amable (debonaire) [18], y todos nuestros compañeros peregrinos! ¡Caballero de la triste figura! [19] ¡Oh, dulce príncipe! [20] Que todos ustedes estén con nosotros todavía.

Cuando Cinna gritó que era poeta, la turba respondió: “Despedazadlo por sus malos versos”. Quizás odiaban al poeta tanto como al conspirador, pues nos cuenta Plutarco, el historiador, que la turba despedazó a Cinna miembro a miembro, un destino extrañamente idéntico al del mítico poeta Orfeo; de cuya forma de desintegración puedan las Musas preservar a todos los educadores poéticos.


Notas del traductor

[1] IHP (Integrated Humanities Program): Un programa académico de la Universidad de Kansas (1970-1979) que se hizo famoso por su enfoque tradicionalista, centrado en los “Grandes Libros”, la memorización de poesía, el latín y la observación directa del cielo. Fue controvertido por su resistencia a los métodos pedagógicos modernos.

[2] Vocacionalismo: Tendencia a reducir la educación a una mera preparación para el mercado laboral (formación técnica o profesional), ignorando el cultivo de la persona y el pensamiento crítico.

[3] Plato de metodología: Referencia al pasaje bíblico de Esaú, quien vendió su primogenitura (su herencia más valiosa) a su hermano Jacob por un “plato de lentejas”. Quinn sugiere que las humanidades han cambiado su esencia por métodos áridos.

[4] Asesina para diseccionar: Alusión al poema de William Wordsworth, The Tables Turned: “Our meddling intellect / Mis-shapes the beauteous forms of things:— / We murder to dissect” (Nuestro intelecto entrometido deforma las bellas formas de las cosas: asesinamos para diseccionar).

[5] “Twinkle, twinkle, little star”: La rima infantil más icónica del mundo anglosajón. Aunque en español conocemos la melodía como “Estrellita, ¿dónde estás?”, Quinn resalta el verbo wonder (asombrarse/preguntarse) presente en la letra original: “How I wonder what you are”.

[6] Bête noire: Expresión francesa que significa literalmente “bestia negra”. Se refiere a una persona o cosa que es objeto de aversión, rechazo o temor constante.

[7] Arché: Término griego que significa “principio”, “origen” o “fundamento”. En la filosofía presocrática, era el elemento primordial de todas las cosas.

[8] Freshmen: Estudiantes de primer año de universidad en el sistema estadounidense. Quinn juega con la idea de que ser un “novato” es un estado espiritual de apertura y frescura ante el conocimiento.

[9] Sesame Street: Conocido en Latinoamérica como Plaza Sésamo. Quinn critica la pedagogía que intenta “disfrazar” el aprendizaje de entretenimiento televisivo, creyendo que esto infantiliza el intelecto.

[10] Frog who went a-wooing: Alusión a “Froggy Went A-Courtin'”, una canción folclórica muy antigua. Quinn argumenta que el contacto poético con el animal debe preceder a su estudio biológico.

[11] Amusement / Musing: Quinn hace un juego de palabras etimológico. Amusement (diversión/entretenimiento) y musing (meditación profunda) comparten la raíz de “Musa”. Sugiere que el verdadero entretenimiento es aquel que nos pone en contacto con las Musas.

[12] Thomas Gradgrind: Personaje de la novela Tiempos Difíciles de Charles Dickens. Representa el utilitarismo extremo y la educación basada puramente en datos y hechos fríos, prohibiendo la imaginación.

[13] El Carro de Carlos (Charles’s Wain): Nombre tradicional inglés para el asterismo de siete estrellas conocido en Latinoamérica como “El Carro” o “La Sartén”, que forma parte de la Osa Mayor.

[14] The cow with the crumpled horn…: Referencia a la rima infantil “The House That Jack Built”. Quinn recalca que los niños “modernos” solo ven animales como máquinas biológicas y no como personajes de una tradición poética.

[15] Anthropos: Palabra griega para “ser humano”. Quinn se refiere a la interpretación etimológica popular que define al hombre como “el que mira hacia arriba”.

[16] Libro de Job: El autor cita el pasaje de Job 39:19-25. Se ha utilizado una versión cercana a la Reina-Valera para mantener el tono poético y majestuoso de la descripción del caballo.

[17] Chevalier: Galicismo para “caballero”, evocando el ideal de la caballería medieval y el Cantar de Roldán.

[18] Debonaire: Del francés antiguo de bon aire. Significa alguien de buen linaje, amable, gentil y de trato agradable. Se usa frecuentemente para describir la personalidad de Geoffrey Chaucer, padre de la literatura inglesa.

[19] Caballero de la triste figura: Referencia universal a Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.

[20] Dulce príncipe: Referencia a Hamlet de Shakespeare. Es como Horacio se despide del príncipe agonizante: “Good night, sweet prince”.

Artículos relacionados

Respuestas

WhatsApp