Cervantes se sienta a escribir el prólogo de su libro y descubre que no sabe qué escribir. De esa parálisis nace una de las páginas más célebres de la lengua española: un prólogo que habla de la imposibilidad de escribir prólogos, y que empieza llamando «desocupado» al lector —es decir, ocioso— para acto seguido devolverle toda su libertad. Estás en tu casa, eres señor de ella, y puedes decir de esta historia lo que te parezca.
Lo lees en la primera semana del curso por una razón precisa. La gramática general estudia cómo el lenguaje, que es un sistema de signos, alcanza la realidad; y este prólogo es entero una meditación sobre esa relación. El libro es «hijo del entendimiento»; cada cosa «engendra su semejante»; el autor es padre, o más bien padrastro, de lo que escribe. Cervantes piensa en imágenes lo que la Guía te va a proponer en conceptos.
Mientras lees, pregúntate una sola cosa: cuántas veces una palabra que nombra algo abstracto —entendimiento, ingenio, sosiego— se apoya en una imagen corporal para significar. Ahí empieza el curso.

