Estos dos pasajes están separados por apenas nueve capítulos y son el reverso exacto uno del otro. En el primero, una tempestad destroza el puente de barcas que los ingenieros de Jerjes habían tendido sobre el Helesponto, y el rey manda azotar el mar con trescientos latigazos, arrojarle un par de grillos y decirle en voz alta que su amo lo castiga. Después manda cortar la cabeza a los ingenieros. Es la definición visual de la desmesura: un hombre tan convencido de que su poder es absoluto que trata al mar como a un súbdito rebelde. En el segundo, ese mismo hombre pasa revista a su ejército desde un trono de mármol en Ábidos, ve el estrecho cubierto de naves y la playa cubierta de hombres, se llama a sí mismo el mortal más feliz —y rompe a llorar. Le explica a su tío Artábano que le dio lástima pensar que de toda esa muchedumbre no quedará nadie vivo dentro de cien años. Jerjes tiene el pensamiento correcto en el momento equivocado: ve la fragilidad humana en medio de su triunfo, la comprende por un instante, y después cruza el puente igual. Es el reverso de Solón y Creso, con los papeles cambiados: aquí el rey entiende la lección, y no le sirve de nada.

Trescientos azotes al mar y un llanto sobre el ejército
Presentación
