Creso es el hombre más rico del mundo conocido. Su capital, Sardes, es una ciudad de oro, y a su corte llegan los sabios de Grecia como quien visita una maravilla. Entre ellos llega Solón, el legislador de Atenas, que se ha desterrado voluntariamente por diez años para no verse obligado a cambiar las leyes que él mismo dio. Creso le muestra sus tesoros —cámara por cámara, sin ahorrarle nada— y luego le hace la única pregunta que le importa: entre tantos hombres, ¿has visto alguno completamente dichoso? Espera oír su propio nombre. Lo que oye, en cambio, son dos historias de gente común: un ateniense que murió en batalla defendiendo su ciudad, y dos hermanos de Argos que arrastraron un carro ocho kilómetros y se durmieron para siempre en el templo. Vas a leer el corazón filosófico de las Historias y, probablemente, la escena que funda la reflexión occidental sobre la felicidad. Solón no dice que Creso sea desdichado: dice algo mucho más incómodo, y es que todavía no se puede saber. Hay que mirar el fin de toda cosa. Diez capítulos después, encadenado sobre la pira donde van a quemarlo vivo, Creso pronunciará tres veces el nombre de Solón.

Nadie puede ser llamado feliz mientras vive
Presentación
