Sócrates acaba de decir que quienes gobiernen la ciudad tienen que conocer lo más alto que existe: el bien. Adimanto le hace entonces la pregunta obvia —¿y qué es el bien?, ¿el placer?, ¿la ciencia?—, y Sócrates, que ha hablado con soltura de la justicia, del valor y de la templanza, se detiene. Dice que el tema lo supera, que teme quedar en ridículo. Glaucón no lo deja escapar, y Sócrates acepta a medias: no les hablará del bien mismo, sino de su «hijo». En griego la palabra que usa significa a la vez «hijo» y «los intereses de una deuda», y el juego atraviesa toda la escena: le piden el capital, les paga los réditos, y les advierte que revisen que la moneda no sea falsa. El hijo del bien resulta ser el sol. Así como el ojo no ve nada sin la luz, aunque esté sano y los colores estén ahí, el alma no conoce nada sin algo que ilumine lo que conoce; y así como el sol da a las cosas no solo la visibilidad sino también la vida, el bien da a lo que existe no solo que pueda conocerse sino su mismo ser. Y aquí Sócrates dice la frase que la tradición cristiana leyó durante siglos pensando en Dios: el bien no es una esencia, sino algo que está por encima de la esencia en dignidad y en poder. Glaucón responde con una exclamación que es casi una risa.
Traducción de Patricio de Azcárate (Madrid, 1872), con la ortografía puesta al día. Azcárate no escribe los nombres de los interlocutores: los agregamos al principio de cada parlamento para que sigas el ida y vuelta sin perderte. Sócrates habla primero con Adimanto y después con Glaucón, los dos hermanos de Platón.

