Un poema entero levantado sobre dos verbos. Santa Teresa dice «vivo» y «muero» tantas veces, y en tantas combinaciones, que al final las dos palabras dejan de oponerse: se vive muriendo y se muere viviendo. El estribillo —«que muero porque no muero»— dice en seis palabras lo que la teología tarda capítulos en decir.
Es el texto de la semana del verbo, y en toda la antología no hay otro que lo sea tanto. Cuenta los tiempos: presente («vivo», «muero», «espero»), futuro («he de morir», «venga ya la dulce muerte»), pretérito («me quiso», «le di», «puso en él este letrero»). Cuenta después los modos: indicativo cuando constata lo que hay, subjuntivo cuando desea lo que no hay («quíteme Dios esta carga»), imperativo cuando se dirige a alguien.
Y ahí está lo más interesante, que conviene que mires con atención: a quién se dirige cada imperativo. Santa Teresa no le pide a Dios que la deje morir. Se lo pide a la muerte y a la vida, a las que trata de tú, como a dos personas que estuvieran en la celda: «no te tardes, que te espero», «vida, no me seas molesta», «muerte, no me seas esquiva». Esa decisión es gramatical antes que poética, y la Guía te dará el nombre exacto de lo que estás viendo.
Las tres primeras líneas son la copla que se glosa; las ocho estrofas siguientes la desarrollan, y cada una vuelve a terminar en el mismo verso.

