Cuatro días para el nombre del caballo. Ocho para el suyo propio. Y todavía más para el de una labradora del Toboso con la que nunca ha hablado. Antes de salir a deshacer agravios, don Quijote tiene que hacer algo más urgente: nombrar. Sin nombres no hay caballero andante, ni corcel, ni dama; hay un hidalgo flaco en un pueblo de la Mancha y un jamelgo con más tachas que cuartos.
Es el texto de la semana del sustantivo, y no por casualidad. Fíjate en el procedimiento, porque Cervantes lo describe con precisión de gramático: el nombre tiene que «declarar quién había sido antes» y «lo que era entonces»; tiene que ser «significativo»; tiene que no «desdecir» del nombre de quien lo lleva. Es decir que un nombre no es una etiqueta pegada al azar sobre una cosa, sino que dice algo de la sustancia que nombra.
Observa también cómo el texto se mueve entre lo común y lo individual. «Rocín» es una especie; «Rocinante» es este caballo y ningún otro. «Aldonza Lorenzo» es una mujer de carne y hueso; «Dulcinea del Toboso» es la señora de sus pensamientos. La Guía llama a esa diferencia individuo, especie y género. Cervantes la llama, más sencillamente, ponerle nombre a las cosas.

