Un hombre sale a buscar a la amada por el mundo entero. Pregunta a los centinelas y a los sabios, a la luna y al ruiseñor. Recorre el poblado y los desiertos, los hombres y las fieras. Vuelve a casa vencido, baja dentro de su alma como quien baja a un abismo, y ahí la encuentra. Son cuatro estrofas de Manuel Ortiz Guerrero, el poeta paraguayo, y el giro entero del poema ocurre en el último verso.
Es el texto de la semana de la cópula pura, y ese último verso es un ejemplo de manual. «Soy tuya» es cópula pura: el verbo no dice nada por su cuenta, solo enlaza un sujeto con lo que se afirma de él. «¡Vacío era el cielo!» es lo mismo, con el atributo puesto delante. Pero «Ella estaba en mí mismo» no es una cópula: ahí «estar» no enlaza nada, afirma un lugar; y por eso la frase no dice qué es Ella, sino dónde está.
Ese contraste, dentro de un mismo poema y casi en el mismo aliento, es exactamente lo que la Guía llama distinguir la cópula verdadera de la pseudocópula. Al leer, marca cada «ser» y cada «estar» y pregúntate en cuál de los dos casos estás. Vas a descubrir que el poema entero se juega en esa diferencia.

