Catorce versículos que durante siglos se leyeron al final de la misa, y que son a la vez el texto más denso de toda la Escritura y uno de los más pobres de vocabulario: Verbo, Dios, luz, tinieblas, vida, mundo, hombres. Casi no hay adjetivos; los poquísimos que hay —«verdadera», «propia», «lleno de gracia y de verdad»— caen donde caen por una razón.
Es el texto de la semana de la cópula, y no existe otro mejor. Cuenta cuántas veces aparece el verbo «ser» y mira qué hace en cada caso. «El Verbo era Dios» no cuenta que el Verbo hiciera algo: dice qué es. «La vida era la luz de los hombres», tampoco. «No era él la luz, sino enviado para dar testimonio» es una negación de identidad, no de acción. San Juan levanta catorce versículos casi sin más verbo que ese, y con eso dice todo lo que tiene que decir.
Fíjate después en los tres primeros pasos: «En el principio era ya el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios». Tres veces el mismo sujeto, tres veces el mismo verbo, y en la tercera el predicado cambia de naturaleza: ya no dice dónde estaba ni desde cuándo, sino qué es. La Guía te explicará por qué «era» no es aquí un verbo más, y por qué la gramática y la teología se tocan exactamente en este punto.
La versión castellana es la de Félix Torres Amat.

