Darío es el rey que ganó el debate constitucional: el hombre que argumentó, con razones excelentes, que la monarquía es el sistema más eficiente porque la acción colectiva necesita un centro. Ahora ese sistema eficientísimo está perdido en las estepas al norte del Mar Negro, arrastrando un ejército enorme detrás de un enemigo que no pelea. Los escitas no presentan batalla: se retiran, queman los pastos, ciegan los pozos y esperan. No tienen ciudades que puedan ser tomadas, ni templos que puedan ser quemados, ni cosechas que puedan ser taladas. Darío, exasperado, manda un mensajero con un mensaje que es medio desafío y medio insulto: pelea o ríndete, pero deja de correr. La respuesta de Idantirso es una de las páginas más memorables de las Historias y una de las más incómodas de la literatura política. El escita no argumenta desde una filosofía de la libertad: argumenta desde la nada. No tengo qué perder, y por eso no tengo qué temer. Lo único que podría hacerlo pelear son los sepulcros de sus padres, y esos el persa tendría que encontrarlos primero. Vas a leer el momento en que el imperio más grande del mundo descubre el límite exacto de su poder: donde no hay puntos fijos, el poder imperial no tiene de dónde agarrar.

No tenemos ciudades ni sembrados que temer perder
Presentación
