Los dos pasajes que cierran las Historias no narran ninguna batalla. Narran dos cenas. En el primero, Pausanias acaba de vencer en Platea y encuentra intacta la tienda que Jerjes había dejado a Mardonio: vajilla de oro y plata, lechos labrados, colgaduras. Manda a los cocineros persas que preparen la cena tal como se la habrían servido a su general, y a sus propios criados que preparen al lado una cena lacónica. Luego llama a los generales griegos y les señala las dos mesas. No hace falta que explique nada: la lección central de nueve libros cabe entera en esa comparación. El segundo pasaje es el último capítulo de la obra, y es uno de los finales más sorprendentes de la literatura antigua. Heródoto no cierra con la victoria griega ni con una reflexión sobre su sentido. Cierra con una anécdota del pasado remoto: los persas de Ciro, ya dueños de Asia, quieren mudarse de su tierra áspera a tierras mejores, y Ciro les responde que lo hagan —pero que se preparen entonces a ser mandados en vez de mandar, porque no hay suelo que produzca a la vez frutos regalados y guerreros valientes. Los persas lo pensaron y se quedaron. Es una advertencia que no habla de Persia: habla del hombre, y por lo tanto también de los griegos que acaban de ganar. Y de quien lee.

Las dos mesas y el consejo de Ciro
Presentación
