Es preciso que los griegos peleen, mal que les pese

Es preciso que los griegos peleen, mal que les pese

Heródoto de Halicarnaso
Heródoto de Halicarnaso
HISTORIAS, Libro VIII (Urania), LXXIV–LXXXIII
10 min
Presentación

Atenas está quemada. La flota griega se ha refugiado en el estrecho de Salamina y sus jefes llevan días discutiendo lo mismo: los peloponesios quieren replegarse al istmo de Corinto, donde están levantando un muro; Temístocles insiste en pelear ahí, en el canal angosto, porque solo ahí la superioridad numérica persa no puede desplegarse. Cada noche la votación va hacia la retirada. Cada mañana Temístocles consigue un día más. Y entonces, viendo que ya perdió la discusión, hace algo que veinticinco siglos de lectores no han terminado de juzgar: sale del consejo sin decir nada y manda un mensaje secreto a Jerjes por medio de un esclavo de su confianza. El mensaje dice que él está de parte del rey y que los griegos, divididos, están por huir esa misma noche. Jerjes lo cree y bloquea todas las salidas del estrecho. Al amanecer, los griegos descubren que ya no pueden retirarse aunque quieran. Temístocles consiguió con un engaño lo que no pudo conseguir con argumentos. El detalle que vuelve el pasaje aún más difícil es que la información era falsa en la forma y verdadera en el fondo: los griegos sí estaban divididos, sí estaban por dispersarse. Heródoto lo narra sin juzgar, como narra después la escena en que Arístides —desterrado por el propio pueblo, enemigo político de Temístocles— cruza de noche las líneas enemigas para avisarle. La pregunta que este pasaje deja abierta es de las que no se cierran: ¿puede un engaño producir la justicia? ¿Puede una traición salvar a una ciudad libre?