Tres libros después de que Trasímaco dijera que la justicia es lo que le conviene al más fuerte, y dos después de que Glaucón pidiera que alguien la defendiera por sí misma, Sócrates llega por fin a una respuesta. El camino ha sido largo: para ver la justicia en un alma, que es pequeña y difícil de mirar, han construido primero una ciudad, donde se ve en letras grandes. Allí la encontraron: una ciudad es justa cuando cada uno de sus tres grupos —los que trabajan, los que defienden y los que gobiernan— hace lo suyo y no se mete en lo del otro. Ahora falta la prueba decisiva: ¿hay algo así dentro de cada persona? Vas a leer uno de los análisis del alma más influyentes de la historia. Sócrates parte de un hecho que todos conocemos: se puede tener sed y no querer beber. Si algo en nosotros empuja y algo frena, no pueden ser la misma cosa. Así aparecen la razón y el deseo; y con la historia de Leoncio, que no puede apartar los ojos de unos cadáveres y se insulta a sí mismo por mirarlos, aparece una tercera fuerza, la cólera, que se pone del lado de la razón. La justicia, entonces, no está en lo que uno hace hacia afuera sino en el orden de adentro: que cada parte del alma haga lo suyo, como las notas de un acorde. Y la injusticia es una guerra civil interior, una enfermedad del alma. Con eso, la pregunta de Glaucón casi se responde sola.
Traducción de Patricio de Azcárate (Madrid, 1872), con la ortografía y los nombres propios puestos al día. Azcárate no escribe los nombres de los interlocutores: los agregamos al principio de cada parlamento para que sigas el ida y vuelta sin perderte. Quien habla con Sócrates es Glaucón, el hermano de Platón.

