Platón
LA REPÚBLICA, Libro X, 614a–621d
18 min
Presentación

La República no termina con un argumento, sino con un relato. Sócrates ya ha mostrado que la justicia vale por sí misma y que el justo es más feliz que el injusto aun en esta vida. Pero, dice, eso no es nada comparado con lo que espera a cada uno después de la muerte, y para decirlo cuenta la historia de Er, un soldado que murió en batalla, cuyo cadáver apareció intacto a los diez días y que volvió a la vida sobre la pira funeraria, a punto de ser quemado. Er vio el juicio de las almas: los justos subiendo al cielo, los injustos bajando bajo tierra, el castigo diez veces multiplicado de cada crimen, y el tirano Ardieo, que no saldrá jamás. Vio también el huso de la Necesidad, del que cuelgan los círculos del cielo, y a las tres Parcas que cantan lo que fue, lo que es y lo que será. Y vio, sobre todo, la escena que da sentido a todo el relato: las almas eligiendo la vida que van a vivir. La elección es libre —«cada cual es responsable de su elección, porque Dios es inocente»—, pero casi todos eligen mal, arrastrados por la costumbre de su vida anterior; el primero en elegir toma sin pensar una tiranía y descubre demasiado tarde que en ella devorará a sus hijos. Ulises, el último, busca largo rato hasta encontrar, olvidada en un rincón, la vida tranquila de un hombre común. Después, todas beben del río Ameles («descuido») en la llanura del Leteo («olvido»), y vuelven a nacer sin recordar nada. Fíjate en para qué sirve, según Sócrates, todo lo que se ha estudiado en el diálogo: para saber elegir.

Traducción de Patricio de Azcárate (Madrid, 1872), con la ortografía y los nombres propios puestos al día. Azcárate no escribe los nombres de los interlocutores: los agregamos al principio de cada parlamento. Casi todo el relato está en boca de Sócrates, que habla con Glaucón, el hermano de Platón; lo que va entre comillas son las palabras del propio Er.