Platón
Platón
LA REPÚBLICA, Libro VII, 514a–518d
12 min
Presentación

Es el texto más famoso de la filosofía occidental y casi nadie lo lee entero. Sócrates le pide a Glaucón que imagine una cueva: hombres encadenados desde la infancia por las piernas y por el cuello, obligados a mirar siempre la misma pared. Detrás de ellos arde un fuego, y entre el fuego y sus espaldas pasa gente que lleva figuras de madera y de piedra, como los titiriteros que esconden las manos tras un tabique. Los prisioneros ven sombras y les ponen nombre: para ellos, esas sombras son las cosas. Hasta ahí llega el resumen que todos conocen. Lo que sigue es lo que hace de este pasaje algo más que una metáfora bonita. A uno de los cautivos lo desatan por la fuerza, y la liberación no le resulta agradable: duele, encandila, lo deja peor que antes. Sube, se acostumbra despacio —primero las sombras, después los reflejos en el agua, al final el sol mismo—, y cuando comprende, vuelve a bajar. Abajo lo esperan la risa, la ceguera y, dice Platón sin rodeos, la amenaza de muerte. La lectura no termina en la cueva: termina en la definición de educación que sostiene el diálogo entero. Enseñar no es meter ciencia en un alma vacía, como quien le devuelve la vista a un ciego; es girar el alma toda hacia donde siempre pudo mirar.

Traducción de Patricio de Azcárate (Madrid, 1872), con la ortografía puesta al día.