Trasímaco irrumpe en la conversación
336Durante nuestra conversación, Trasímaco había abierto muchas veces la boca, para interrumpirnos. Los que estaban sentados cerca de él se lo impedían, porque querían oírnos hasta la conclusión; pero cuando nosotros cesamos de hablar, no pudo contenerse, y volviéndose de repente, se vino a nosotros como una bestia feroz, para devorarnos. Polemarco y yo nos sentimos como aterrados. En seguida tomándola conmigo me dijo:
TRASÍMACO.—Sócrates, ¿a qué viene toda esa palabrería? ¿A qué ese pueril cambio de mútuas concesiones? ¿Quieres saber sencillamente lo que es la justicia? No te limites a interrogar y a procurarte la necia gloria de refutar las respuestas de los demás. No ignoras que es más fácil interrogar que responder. Respóndeme ahora tú. ¿Qué es la justicia? Y no me digas que es lo que conviene, lo que es útil, lo que es ventajoso, lo que es lucrativo, lo que es provechoso; responde neta y precisamente; porque yo no soy hombre que admita necedades como buenas respuestas.
337Al oír estas palabras yo quedé como absorto. Le miraba temblando, y creo que hubiera perdido el habla, si él me hubiera mirado primero; pero yo había fijado en él mi vista en el momento en que estalló su cólera. De esta manera me consideré en estado de poderle responder, y le dije, no sin algún miedo:
SÓCRATES.—Trasímaco, no te irrites contra nosotros. Si Polemarco y yo hemos errado en nuestra conversación, vive persuadido de que ha sido contra nuestra intención. Si buscáramos oro, no nos cuidáramos de engañarnos uno a otro, haciendo así imposible el descubrimiento; y ahora que nuestras indagaciones tienen un fin mucho más precioso que el oro, esto es, la justicia, ¿nos crees tan insensatos, que gastemos el tiempo en engañarnos, en lugar de consagrarnos seriamente a descubrirla? Guárdate de pensar así, querido mío. No por eso dejo de conocer, que esta indagación es superior a nuestras fuerzas. Y así a vosotros todos, que sois hombres entendidos, debe inspiraros un sentimiento de compasión y no de indignación nuestra flaqueza.
La ironía de Sócrates y el enigma del número doce
337TRASÍMACO.—¡Por Hércules! replicó Trasímaco con una risa forzada; he aquí la ironía acostumbrada de Sócrates. Sabía bien que no responderías, y ya había prevenido a todos que apelarías a tus conocidas mañas y que harías cualquier cosa menos responder.
SÓCRATES.—Eres travieso, Trasímaco, le dije: sabías muy bien, que si preguntases a uno de qué se compone el número doce, añadiendo: «no me digas que es dos veces seis, tres veces cuatro, seis veces dos, o cuatro veces tres, porque no me contentaré con ninguna de estas respuestas;» sabias, digo, que no podría responder a una pregunta hecha de esta manera. Pero si él te decía a su vez: «Trasímaco, ¿cómo explicas la prohibición que me impones de no dar ninguna de las respuestas que tú acabas de decir? Y si la verdadera respuesta es una de esas, quieres que diga otra cosa que la verdad? ¿Cómo entiendes tú esto?» ¿Qué podrías responderle?
337TRASÍMACO.—¿Tiene verdaderamente, dijo Trasímaco, eso algo que ver con lo que yo dije?
SÓCRATES.—Quizá. Pero aún cuando la cosa sea diferente, si aquel a quien se dirige la pregunta, juzga que es semejante, ¿crees tú que no responderá según él piense, ya se lo prohibamos nosotros o ya dejemos de prohibírselo?
TRASÍMACO.—¿Es esto lo que tú intentas hacer? ¿Vas a darme por respuesta una de las que te prohibí desde luego que me dieras?
SÓCRATES.—Bien examinado todo, no tendré por qué sorprenderme, si lo hago así.
TRASÍMACO.—Y bien; si te hago ver, que hay una respuesta, tocante a la justicia, mejor que ninguna de las precedentes, ¿a qué te condenas?
SÓCRATES.—A la pena que merecen los ignorantes, es decir, a aprender de los que son más hábiles que ellos. Me someto con gusto a esta pena.
Trasímaco exige su paga
338TRASÍMACO.—En verdad que eres complaciente. Pero además de la pena de aprender, me darás dinero.
SÓCRATES.—Sí, cuando lo tenga.
GLAUCÓN.—Nosotros lo tenemos, dijo Glaucón. Si es esto lo que te detiene, habla, Trasímaco; todos nosotros pagaremos por Sócrates.
TRASÍMACO.—Conozco vuestra intención. Queréis que Sócrates, según su costumbre, en lugar de responder, me interrogue, y me haga caer en contradicciones.
SÓCRATES.—Pero de buena fe, ¿qué respuesta quieres que yo te dé? En primer lugar, no sé ninguna, ni la oculto. En segundo, tú, que todo lo sabes, me has prohibido todas las respuestas que podía darte. A ti te toca más bien decir lo que es la justicia, puesto que te alabas de saberlo. Y así, no te hagas de rogar. Responde por amor a mí, y no hagas desear a Glaucón y a todos los que están aquí la instrucción que de ti esperan.
338En el momento Glaucón y todos los presentes le conjuraron para que se explicara. Sin embargo, Trasímaco se hacía el desdeñoso, aunque se conocía bien que ardía en deseos de hablar para conquistarse aplausos; porque estaba persuadido de que diría cosas maravillosas. Al fin accedió.
TRASÍMACO.—Tal es, dijo, el gran secreto de Sócrates; no quiere enseñar nada a los demás, mientras que va por todas partes mendigando la ciencia, sin tener que agradecerlo a nadie.
SÓCRATES.—Tienes razón, Trasímaco, en decir que yo aprendo de los demás, pero no la tienes en añadir que no les esté agradecido. Les manifiesto mi reconocimiento en cuanto de mí depende, y les aplaudo, que es todo lo que puedo hacer, careciendo como carezco de dinero. Verás cómo te aplaudo con gusto en el momento que respondas, si lo que dices me parece bien dicho, porque estoy convencido de que tu respuesta será excelente.
La tesis: la justicia es la conveniencia del más fuerte
338TRASÍMACO.—Pues bien, escucha. Digo que la justicia no es otra cosa que lo que es provechoso al más fuerte. ¡Y bien! ¿por qué no aplaudes? Ya sabía yo que no lo habías de hacer.
SÓCRATES.—Espera, por lo menos, a que haya comprendido tu pensamiento, porque aún no lo entiendo. La justicia, dices, que es lo que es útil al más fuerte. ¿Qué entiendes por esto, Trasímaco? ¿Quieres decir que, porque el atleta Polidamos es más fuerte que nosotros, y es ventajoso para el sostenimiento de sus fuerzas comer carne de buey, sea igualmente provechoso para nosotros comer la misma carne?
339TRASÍMACO.—Eres un burlón, Sócrates, y sólo te propones dar un giro torcido a lo que se dice.
SÓCRATES.—¡Yo! nada de eso; pero por favor explícate más claramente.
TRASÍMACO.—¿No sabes que los diferentes Estados son monárquicos o aristocráticos, o populares?
TRASÍMACO.—El que gobierna en cada Estado, ¿no es el más fuerte?
TRASÍMACO.—¿No hace leyes cada uno de ellos en ventaja suya, el pueblo leyes populares, el monarca leyes monárquicas, y así los demás? Una vez hechas estas leyes, ¿no declaran que la justicia para los gobernados consiste en la observancia de las mismas? ¿No se castiga a los que las traspasan, como culpables de una acción injusta? Aquí tienes mi pensamiento. En cada Estado, la justicia no es más que la utilidad del que tiene la autoridad en sus manos, y, por consiguiente, del más fuerte. De donde se sigue para todo hombre que sabe discurrir, que la justicia y lo que es ventajoso al más fuerte en todas partes y siempre es una misma cosa.
¿Puede errar el que gobierna?
339SÓCRATES.—Comprendo ahora lo que quieres decir; ¿pero eso es cierto? Examinémoslo. Defines la justicia lo que es ventajoso, a pesar de que me habías a mí prohibido definirla de esa manera. Es cierto que añades: al más fuerte.
SÓCRATES.—Yo no sé aún si es una gran cosa; lo que sé es que es preciso ver si lo que dices es verdad. Convengo contigo en que la justicia es una cosa ventajosa; pero añades que lo es sólo para el más fuerte. He aquí lo que yo ignoro, y lo que es preciso examinar.
TRASÍMACO.—Examínalo, pues.
SÓCRATES.—Desde luego. Respóndeme: ¿no dices que la justicia consiste en obedecer a los que gobiernan?
SÓCRATES.—Pero los que gobiernan en los diferentes Estados ¿pueden engañarse o no?
TRASÍMACO.—Pueden engañarse.
SÓCRATES.—Luego cuando hacen las leyes, unas estarán bien hechas y otras mal hechas.
SÓCRATES.—Es decir, que para ellos serán unas ventajosas y otras perjudiciales.
SÓCRATES.—Sin embargo, los súbditos deben observarlas, y en esto consiste la justicia; ¿no es así?
SÓCRATES.—Luego es justo, en tu opinión, hacer, no sólo lo que es una ventaja, sino también lo que es una desventaja para el más fuerte.
340TRASÍMACO.—¿Qué es lo que dices?
SÓCRATES.—Lo mismo que tú. Pero pongamos la cosa más en claro. ¿No estás conforme en que los que gobiernan se engañan algunas veces sobre sus intereses al dar las leyes que imponen a sus súbditos, y que es justo que éstos hagan sin distinción todo lo que se les ordena y manda?
TRASÍMACO.—Estoy conforme.
SÓCRATES.—Confiesa, por consiguiente, que sosteniendo tú que es justo que los súbditos hagan todo lo que se les manda, tienes que convenir en que la justicia consiste en hacer lo que es desventajoso para los que gobiernan, es decir, para los más fuertes, en el caso en que, aunque sin quererlo, manden cosas contrarias a sus intereses. De aquí debe concluirse, sapientísimo Trasímaco, que es justo hacer todo lo contrario de lo que decías al principio, puesto que en este caso lo que se ordena y manda al más débil es desventajoso para el más fuerte.
POLEMARCO.—Sí, Sócrates, eso es evidente; dijo Polemarco.
CLITOFONTE.—Sin duda, repuso Clitofonte, puesto que tiene tu apoyo.
POLEMARCO.—¡Ah! ¿qué necesidad tiene de mi apoyo, continuó Polemarco, puesto que Trasímaco conviene en que los que gobiernan, mandan algunas veces cosas contrarias a sus intereses, y que es justo, hasta en este caso, que los súbditos obedezcan?
CLITOFONTE.—Trasímaco, repuso Clitofonte, ha dicho sólo que era justo que los súbditos hiciesen lo que se les ordenaba.
POLEMARCO.—Pero además, añadió, que la justicia es lo que es ventajoso para el más fuerte. Habiendo sentado estos dos principios, convino en seguida en que los más fuertes hacen algunas veces leyes contrarias a sus intereses. Y hechas estas concesiones, se sigue que la justicia es lo mismo lo que es una ventaja, que lo que es una desventaja para el más fuerte.
CLITOFONTE.—Pero por ventaja del más fuerte Trasímaco ha entendido lo que el más fuerte cree serle ventajoso, y esto es, en su opinión, lo que el más débil debe practicar, y en lo que consiste la justicia.
POLEMARCO.—Trasímaco no se ha explicado de ese modo.
El sicofanta y la definición precisa
340SÓCRATES.—No importa, Polemarco, repliqué yo, si Trasímaco hace suya esta explicación, nosotros la admitiremos. Dime, pues, Trasímaco, ¿entiendes así la definición que has dado de la justicia? ¿Quieres decir que la justicia es lo que el más fuerte estima su provecho, engáñese o no se engañe?
TRASÍMACO.—¡Yo! nada de eso. ¿Crees que llame yo más fuerte al que se engaña en tanto que se engaña?
SÓCRATES.—Yo creía que esto era lo que decías, cuando confesabas que los que gobiernan no son infalibles, y que se engañan algunas veces.
TRASÍMACO.—Eres un sicofanta, que quieres dar a mis palabras un sentido que no tienen. ¿Llamas médico al que se equivoca respecto a los enfermos en tanto que se equivoca; o calculador al que se equivoca en un cálculo en tanto que se equivoca? Es cierto que se dice: el médico, el calculador, el gramático se han engañado, pero ninguno de ellos se engaña en tanto que él es lo que dice ser. Y hablando rigurosamente, puesto que es preciso hacerlo contigo: ningún artista se engaña, porque no se engaña sino en tanto que su arte le abandona, y entonces ya no es artista. Así sucede con el sabio y con el hombre que gobierna, aunque en el lenguaje ordinario se diga: el médico se ha engañado, el gobernante se ha engañado. Aquí tienes mi respuesta precisa. El que gobierna, considerado como tal, no puede engañarse; lo que ordena es siempre lo más ventajoso para él, y eso mismo es lo que debe ejecutar el que a él está sometido. Por lo tanto, es una verdad, como dije al principio, que la justicia consiste en lo que es ventajoso para el más fuerte.
SÓCRATES.—¿Soy un sicofanta en tu opinión?
340SÓCRATES.—¿Crees que he intentado tenderte lazos, valiéndome de preguntas capciosas?
TRASÍMACO.—Lo he visto claramente, pero no por eso adelantarás nada. Conozco tu astucia, y por lo mismo no podrás sobreponerte en la disputa.
SÓCRATES.—No quiero tenderte ningún lazo: mas para que en lo sucesivo no ocurra cosa semejante, dime si debe entenderse según el uso ordinario o con la más refinada precisión estas expresiones: el que gobierna, el más fuerte, aquel cuyo provecho es, como decías, la regla de lo justo respecto del más débil.
TRASÍMACO.—Es preciso tomarlas en sentido rigoroso. Ahora pon en obra todos tus artificios para refutarme; no quiero que me des cuartel; pero perderás el tiempo.
SÓCRATES.—¿Me crees tan insensato, que intente esquilar un león, y calumniar a Trasímaco?
TRASÍMACO.—Has ensayado hacerlo, pero te ha salido mal la cuenta.
Ningún arte busca su propio interés
341SÓCRATES.—Dejemos esto, y respóndeme. El médico, tomado en sentido rigoroso, tal como acabas de definirlo, ¿es el hombre que intenta enriquecerse, o se propone otro fin que curar los enfermos?
TRASÍMACO.—No se propone otro fin.
SÓCRATES.—Y el piloto, hablo del verdadero piloto, ¿es marinero o jefe de los marineros?
SÓCRATES.—Poco importa que esté como ellos en la misma nave; no por esto es marinero, porque no es piloto por ir embarcado, sino a causa de su arte y de la autoridad que tiene sobre los marineros.
SÓCRATES.—¿No tienen ambos un interés, que les es propio?
SÓCRATES.—Y el objeto de su arte, ¿no es el buscar y el procurarse este interés?
SÓCRATES.—Pero un arte cualquiera ¿tiene otro interés que su propia perfección?
341SÓCRATES.—Si me preguntases si bastaba al cuerpo ser cuerpo, o si le falta aún alguna cosa, te respondería que sí, y que por faltarle, se ha inventado la medicina, porque el cuerpo está enfermo algunas veces, y este estado no le conviene, y la medicina ha sido inventada para procurar al cuerpo lo que le es provechoso. ¿Tengo o no razón?
SÓCRATES.—Te pregunto en igual forma, si la medicina o cualquiera otro arte está sometido a alguna imperfección, y si tiene necesidad de alguna otra facultad, como los ojos necesitan de la facultad de ver, y los oídos de la de oír. Y así como estas partes del cuerpo tienen necesidad de un arte que provea a lo que les es útil, ¿está cada arte igualmente sujeto a algún defecto, y tiene necesidad de otro arte que vigile por su interés, éste por el de otro, y así hasta el infinito? ¿O bien cada arte provee por sí mismo a su propio interés? O más bien, ¿no necesita para esto ni de sí mismo ni del auxilio de ningún otro, estando por su naturaleza exento de todo defecto y de toda imperfección, de suerte que no tiene otra mira que la ventaja del objeto a que está consagrado, mientras que él subsiste siempre entero, sano y perfecto durante todo el tiempo que conserve su esencia? Examina con todo rigor cuál de estas dos opiniones es la más verdadera.
TRASÍMACO.—Lo es la última.
SÓCRATES.—La medicina no piensa, pues, en su interés sino en el del cuerpo.
SÓCRATES.—Sucede lo mismo con la equitación, que no se interesa por sí misma sino por los caballos; y lo mismo otras artes, que no teniendo necesidad de nada para ellas mismas, se ocupan únicamente de la ventaja del objeto sobre que se ejercitan.
SÓCRATES.—Pero, Trasímaco, las artes gobiernan aquello sobre que se ejercen.
Dificultad tuvo para concederme este punto.
342SÓCRATES.—No hay arte ni ciencia, que se proponga ni ordene lo que es ventajoso para el más fuerte. Todas tienen por fin el interés del objeto sobre que se ejercitan o de lo más débil.
Al pronto quiso negarlo, pero al fin se vio obligado a admitir este punto como el anterior.
SÓCRATES.—Por lo tanto, le dije: el médico como médico no se propone ni ordena lo que es una ventaja para él sino lo que es ventajoso para el enfermo, porque estamos conformes en que el médico como médico gobierna al cuerpo, y no es mercenario; ¿no es cierto?
SÓCRATES.—Y que el verdadero piloto no es marinero sino jefe de los marineros.
SÓCRATES.—Semejante piloto no ordenará ni se propondrá como fin su propia ventaja, sino la de sus súbditos, es decir, la de los marineros.
Lo confesó, aunque con dificultad.
SÓCRATES.—Por consiguiente, Trasímaco, todo hombre que gobierna, considerado como tal, y cualquiera que sea la naturaleza de su autoridad, jamás se propone, en lo que ordena, su interés personal, sino el de sus súbditos. A este punto es al que se dirige, y para procurarles lo que les es conveniente y ventajoso, dice todo lo que dice y hace todo lo que hace.
El pastor y las ovejas
343Llegábamos aquí, y todos los presentes veían claramente que la definición de la justicia era diametralmente opuesta a la de Trasímaco, cuando éste, en lugar de responder, me preguntó si yo tenía una nodriza.
SÓCRATES.—¿No sería mejor que respondieras en vez de hacer semejantes preguntas?
TRASÍMACO.—Ha hecho muy mal la nodriza en dejarte tan mocoso, y en no haberte sonado. Tienes verdaderamente necesidad de ello, cuando no sabes siquiera lo que son ganados y lo que es un pastor.
SÓCRATES.—¿Dime, si gustas, por qué razón?
344TRASÍMACO.—Porque crees que los pastores piensan en el bien de sus ganados, y que los engordan y los cuidan, teniendo en cuenta otra cosa que su interés o el de sus amos. También te imaginas que los que gobiernan, entiendo siempre los que gobiernan verdaderamente, tienen respecto de sus súbditos otra idea que la que tienen los pastores respecto a sus ganados, y que día y noche se ocupan de otra cosa que de su provecho personal. Estás tan distante de conocer la naturaleza de lo justo y de lo injusto, que ignoras que la justicia es un bien para todos, menos para el justo; que es útil al más fuerte, que manda, y dañosa al más débil, que obedece; que la injusticia, por el contrario, ejerce su imperio sobre las personas justas, que por sencillez ceden en todo ante el interés del más fuerte, y sólo se ocupan en cuidar los intereses de éste abandonando los suyos. He aquí, hombre inocente, cómo es preciso tomar las cosas. El hombre justo siempre lleva la peor parte, cuando se encuentra con el hombre injusto. Por lo pronto en las transacciones y negocios particulares, hallarás siempre, que el injusto gana en el trato y que el hombre justo pierde. En los negocios públicos, si las necesidades del Estado exigen algunas contribuciones, el justo con fortuna igual suministrará más que el injusto. Si, por el contrario, hay algo en que se gane, el provecho todo es para el hombre injusto. En la administración del Estado, el primero, porque es justo, en lugar de enriquecerse a expensas del Estado, dejará que se pierdan sus negocios domésticos a causa del abandono en que los tendrá. Y aún se dará por contento, si no le sucede algo peor. Además, se hará odioso a sus amigos y parientes, porque no querrá hacer por ellos nada, que no sea justo. El injusto alcanzará una suerte enteramente contraria, porque teniendo, como se ha dicho, un gran poder, se vale de él para dominar constantemente a los demás. Es preciso fijarse en un hombre de estas condiciones, para comprender cuánto más ventajosa es la injusticia que la justicia. Conocerás mejor esto, si consideras la injusticia en su más alto grado, cuando tiene por resultado hacer muy dichoso al que la comete y muy desgraciados a los que son sus víctimas, que no quieren volver injusticia por injusticia. Hablo de la tiranía, que se vale del fraude y de la violencia con ánimo de apoderarse, no poco a poco y como en detalle de los bienes de otro, sino echándose de un solo golpe y sin respetar lo sagrado ni lo profano sobre las fortunas particulares y las del Estado. Los ladrones comunes, cuando son cogidos infraganti, son castigados con el último suplicio, y se les denuesta con las calificaciones más odiosas. Según la naturaleza de la injusticia que han cometido, se los llama sacrílegos, bandidos, pícaros, salteadores; pero si se trata de un tirano que se ha hecho dueño de los bienes y de las personas de sus conciudadanos, en lugar de darle estos epítetos detestables, se le mira como el hombre más feliz, lo mismo por los que él ha reducido a la esclavitud, que por los que tienen conocimiento de su crimen; porque si se habla mal de la injusticia, no es porque se tema cometerla, sino porque se teme ser víctima de ella. Tan cierto es, Sócrates, que la injusticia, cuando se la lleva hasta cierto punto, es más fuerte, más libre, más poderosa que la justicia; y que, como dije al principio, la justicia es el interés del más fuerte, y la injusticia es por sí misma útil y provechosa.
Trasímaco intenta marcharse
344Trasímaco, después de habernos, a manera de bañador, inundado los oídos con este largo y terrible discurso, se levantó como en ademán de marcharse; pero los demás le contuvieron y le comprometieron a que diera razón de lo que acababa de decir. Yo también se lo supliqué con instancia.
SÓCRATES.—¡Pues qué! divino Trasímaco, le dije: ¿puedes imaginarte salir de aquí después de un discurso semejante?